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lunes, 15 de junio de 2015

XII Domingo del Tiempo Ordinario: La Fe, don de Dios y la Respuesta de los hombres

"¿Quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!" (Mc 4,41)

XII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

La Palabra del Día

1ª Lectura: Jb 38, 1. 8-11. Aquí se romperá la arrogancia de tus olas.
Interleccional: Sal 106. Den gracias al Señor; porque es eterna su misericordia.
2ª Lectura: 2Co 5, 14-17. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.
Evangelio: Mc 4, 35-41. ¿Quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

En Contexto

La fe es la respuesta. El hombre pide a Dios razón del sufrimiento y el Señor le da explicación desde la contemplación del universo (1 Lect.). Los discípulos acuden a Jesús en el momento del peligro y los recrimina por su poca fe (Ev). La fe es la respuesta al misterio de Dios y a la vida (1 Lect. y Ev.). El que vive con Cristo es una nueva criatura (2 Lect.). (Misal Diario, Almudi).

Este domingo

¿Quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

Decíamos el domingo anterior (11º del tiempo ordinario, 14 de junio de 2015) que, la 2ª parte del Tiempo Ordinario, abría con la Solemnidad de la Santísima Trinidad, que es el principal misterio de nuestra fe, y del que se desprende todo lo demás, desde la Redención y la Encarnación del Verbo, hasta el misterio de la propia vida y la muerte; desde lo más sublime, hasta lo más terrenal y cotidiano.

    Y nuestra fe es así, Trinitaria. No es una fe basada sólo en la Persona divina de Jesucristo, o una fe que sólo alabe y cante al Espíritu Santo. Tampoco puede ser una fe fundada sólo en la Virgen Santa María, en cualquiera de sus advocaciones (Guadalupe, Juquila, Ozumbilla, Lourdes, Fátima, de los Remedios, de san Juan de los Lagos o “San Juanita”, la del Roble, la del Cobre, etc…), mucho menos basada en el “poder” de los santos (aún si éstos tuvieran algún poder). Nuestra fe es, pues, absolutamente Trinitaria y de ella depende todo lo demás, que quedaría sin ningún fundamento si no miramos, agradecemos, alabamos y adoramos a la Santísima Trinidad.

     Por eso nuestra Oración Colecta de hoy: “Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de su amor”.

     En el tiempo ordinario, al mirar los hechos y dichos cotidianos de Jesucristo, miramos en todos ellos, justamente la presencia constante del Padre, providente y misericordioso, y la influencia de vida del Espíritu Santo. Y Jesús hace constantes referencias tanto al Padre, como al Espíritu. La acción conjunta y cotidiana de la Santísima Trinidad, Unidad Absoluta.

     En el 10º domingo del tiempo ordinario, hace dos domingos, fuimos testigos del gran amor de Dios que, a pesar de nuestro pecado, y con la obediencia a su voluntad, nos redime y nos conduce tanto a la libertad de los hijos de Dios, como a la felicidad-santidad a la que estamos llamados. El Padre convoca, el Hijo libera, y el Espíritu Santo nos ilumina para comprender este proceso de conversión.

     El pasado 11º domingo del tiempo ordinario, nos invita a estar atentos a su voz, por medio de la Palabra Sagrada, que es justamente la semilla de la fe, sembrada en nuestros campos, nosotros mismos, para dar fruto abundante, buena sombra y ramas altas y frondosas donde sentirse protegido como las aves que ahí ponen sus nidos. El Padre habla, el Hijo siembra la semilla de la fe y  del Reino de los Cielos, el Espíritu Santo nos auxilia con su luz para comprender su Palabra y nos fortalece para ponerla en práctica.

     Hoy, una vez más, quizá con un poco más de fuerza y dureza, somos reconvenidos por nuestra falta de fe. El Padre, una vez más, dueño y Señor de todo cuanto existe, muestra su poder sobre el universo, el Hijo muestra a los hombres que lo siguen dicho poder y nos recrimina nuestra desconfianza y cobardía, y el Espíritu Santo nos recuerda, con su aliento, que estamos llamados a una nueva vida, dejar lo antiguo atrás, que ha pasado ya, y aceptar lo nuevo, la salvación, el caminar hacia el horizonte de libertad y no hacia la retaguardia de la esclavitud.

¿Por qué son tan cobardes?

     Esta es una pregunta y una recriminación, por parte de Jesús a toda la humanidad, a ti y a mí. Y es dura la pregunta-recriminación.

     Tú y yo somos testigos del poder amoroso de Dios. Lo que ha creado para nosotros, el universo, la naturaleza misma, con sus sabias leyes, todo el entorno que nos rodea, y desde luego obras de nuestras manos producto de esa Inteligencia y voluntad que Dios mismo ha infundido en nosotros, y que juntas, inteligencia y voluntad, nos ayudan a decidir y actuar con libertad; no con el libertinaje del esclavo y pecador, sino con la libertad de los hijos de Dios, que actúan desde el amor, apoyados por la fe y la esperanza.

     Tú y yo somos testigos de todo eso. Pero, hay algo que nos deja confiar en Dios. Nuestra soberbia, orgullo, odio, envidia. Nuestra humanidad que se queda sólo en lo natural y no se atreve a mirar al cielo, a lo sobrenatural; porque descubrir lo sobrenatural que hay en nosotros implica reconocer la presencia de Dios que está por encima de nosotros. Hay, entonces, una voluntad superior: la divina.
Por eso Jesús nos llama la atención con esa palabra tan dura, y para muchos injusta: ¡Cobardes!

     Sí, cobardes. Cobardes porque no somos capaces de dejar las cadenas del pecado. Prefieres seguir viviendo inserto en una cultura de la muerte, violencia y corrupción, porque es más fácil cerrar los ojos a toda injusticia, incluso si tú eres víctima, que salir de la comodidad aburrida del cotidiano, que dejar el colchón donde miras tranquilamente el televisor con programas superfluos y absurdos que te “prometen una mejor realidad”; mejor, quizá, ¡y en apariencia!, pero inexistente. La utopía no es el amor. La utopía, el ideal absurdo, es pretender el amor sin amar, en apariencia eso es lo más sencillo. 

     Todo mundo tiene la obligación de amarme, de proveer mis necesidades, de tenerme en cuenta, de aceptar mis opiniones por muy insultantes que resulten a la propia dignidad humana… pero yo, no he de dar nada, porque ese es “mi derecho”: “papá gobierno” debe darme casa, vestido y sustento, aunque no trabaje, aunque no pague un solo impuesto, aunque asista a mil marchas y procure mil huelgas. Mis padres deben proveerme toda seguridad y comodidad, porque es “mi derecho” y es “su obligación”… Dios tiene que cumplir todos y cada uno de mis caprichos espirituales, porque se supone que para eso está.

     Cobardes somos cuando pensamos así, y no estamos dispuestos a salir de nosotros mismos, de nuestra apatía y egoísmo. Cuando somos capaces de destrozar otras vidas con tal de que nuestra comodidad no sea alterada. Capaces de cerrar los oídos al mensaje de Dios porque es muy duro, como hoy.

¿Aún no tienen fe?

     Otra recriminación, que junto a la anterior, nos debe llamar poderosamente la atención. Si has sido testigo del amor de Dios, y te atreves a alabarlo y bendecirlo de palabra cantando y gritando: “den gracias al Señor, porque es eterna su misericordia”, pero no puedes o no te atreves a confiar en Él, entonces, hermano, hermana, tienes una fe muy débil.

     Y es débil no sólo por falta de atención pastoral por parte de la Iglesia y sus agentes de pastoral, que ésta es también parte de nuestra angustiosa realidad. Es débil porque en esa cobardía que nos reclama Jesús el día de hoy, prefieres la ignorancia a conocer y ser parte de la sabiduría divina transmitida ya por dos milenios por su Iglesia Santa, católica y apostólica.

     Prefieres la ignorancia, porque el saber te compromete, y el compromiso implica levantarte y caminar, y salir a trabajar no sólo por tu propio bien e interés, sino por el bien común y el bienestar de toda mi comunidad. No. ¡Preferimos recibir despensas y regalitos, que levantarnos y gritar las injusticias que diariamente suceden a nuestro alrededor! Injusticias de las que somos parte: víctimas y victimarios; asesinos y asesinados. Así de fuerte es nuestra falta de fe, así de seria nuestra cobardía.

La fe, don de Dios y la respuesta de los hombres

     Pero, tras la tormenta sobreviene la calma. ¡Silencio, cállate!... El Señor es tu Dios, te concede lo necesario para que tú trabajes por tu propia felicidad, la de los que amas, y la de tu comunidad, pues es ahí donde habrá que hacer realidad el mensaje de amor, misericordia y confianza.
Cristo ha resucitado venciendo el poder del pecado y de la muerte, y así, nos concede la vida eterna, en la felicidad de su presencia eterna.

     En la tranquilidad –que no necesariamente es “comodidad” ni paz “apática”- que nos proporciona la fe, la confianza en Dios, es donde realmente podemos comprender la acción de Dios en nuestra historia personal, y sólo a través de la fe, y poniendo al servicio de la fe todos los demás dones y facultades superiores, que podremos encontrarnos con el amor, dar respuesta a la iniciativa y a la llamada divina, que intenta con sus obras de Padre, su redención y rescate por el Hijo, y con el aliento de vida en el Espíritu, acercarse a nosotros y salir a nuestro encuentro para que aceptemos y vivamos su plan. Y aunque parezca disco rayado, su plan consiste en que todos nosotros, hombres y mujeres de buena voluntad, conozcamos la verdad y alcancemos la unidad, la felicidad y la santidad, todas ellas eternas.

     Recordemos que nos estamos preparando también para la fiesta patronal, por lo que no dejes de aceptar la invitación que Dios nos hace, por intercesión de San Pedro Apóstol, a vivir como hermanos, en comunidad y dejando que el Espíritu Santo guíe nuestras vidas. En el amor de Dios…

     Que santa María Virgen interceda constantemente por nosotros y, cuidándonos, nos ayude a hacer realidad los dones divinos en nosotros para nuestra salvación y la de toda la humanidad.

     En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.


Mihi Invenire Locum Meum in Caelo
Alfonso Maya Trejo, domingo 21 de junio de 2015
12º Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B


viernes, 5 de junio de 2015

Catequesis Petrinas 04: Pedro Iglesia

"Tú eres Pedro, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia" (Mt 16,16)

Leer: Mt 16, 13-20

13 Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». 14 Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». 15 Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
16 Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». 17 Jesús le respondió: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
18 Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. 19 Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
20 Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Reflexión

¿Sabías que la Iglesia no es sólo el edificio donde vamos a Misa, ni la Institución que forman el Papa, los obispos y los curas? ¿Te das cuenta que, por ser bautizado-bautizada, formas parte de la Iglesia?

     La Iglesia es el Pueblo de Dios… Todos los bautizados somos Iglesia. Esa misma Iglesia de la que habla Jesús al darle a Pedro la responsabilidad de dirigirla… Esa Iglesia, construida sobre Pedro, “la piedra”, sobre la que los poderes del Infierno no podrán con Ella…

     Un día Jesús oyó a Pedro decirle: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”… y Jesús le dijo a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta “piedra” edificaré mi Iglesia”.

     Iglesia significa Asamblea. Una asamblea es, en realidad, una comunidad de personas que, creyendo en Cristo Jesús, el Mesías, se reúnen y oran juntos y comparten el pan, y comparten también sus alegrías y sus tristezas, sus penas y sus glorias, sus triunfos y sus fracasos. Una Comunidad en la que todos sus miembros se ayudan mutuamente, que están unidos por el amor de Dios… que buscan la felicidad apoyándose mutuamente.

     Nuestras parroquias pretende ser justamente eso: Una gran comunidad de creyentes unidos por el amor…


     ¿Quieres tú también amar a los demás?

Catequesis Petrinas, 1ª Parte: San Pedro Apóstol
Locum Invenire Locum Meum in Caelo
Alfonso Maya Trejo, junio de 2013

miércoles, 3 de junio de 2015

Catequesis Petrinas 02: Pedro Llamado

Leer: Lc 6,12-16

12 En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios.
13 Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles: 14 Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, 15 Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Simón, llamado el Zelote; 16 Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

Reflexión

     ¿Has escuchado la voz de Dios? ¿Has guardado el suficiente silencio para oírlo?

     Nuestra fe cristiana, siguiendo el mensaje de Cristo y de acuerdo con la experiencia histórica de la Iglesia, da cuenta de un Dios amoroso y misericordioso. No se trata de una fe de seres humanos que buscan a Dios, sino de Dios que nos busca y nos encuentra… nos sale al paso, en el camino. Y nos llama.

     Y Pedro, el Pescador, fue llamado. Un día, ante muchos discípulos, Jesús quiso elegir a un grupo especial: sus amigos más cercanos. “Y llamó a los que quiso”. Y entre ellos estaba justamente Simón, llamado Pedro.

     Si te fijas bien, Ninguno de los Apóstoles ha tenido que buscar a Jesús, en cambio, a todos ellos Jesús se les ha puesto de frente, cara a cara; y a cada uno de ellos les ha dicho, “sígueme”.

     Y lo más interesante es que todos han tenido la gran oportunidad de decir “Sí” o “No”.

     Vivir la fe que nos propone Cristo implica dejarse encontrar por Dios, escuchar su voz y, libremente… sí, libremente, decir “Sí”… o “No”.


     ¿Cuál es tu respuesta como cristiano?

Catequesis Petrinas, 1ª Parte: San Pedro Apóstol
Locum Invenire Locum Meum in Caelo
Alfonso Maya Trejo, junio de 2013

martes, 2 de junio de 2015

Catequesis Petrinas 01: Pedro Pescador

"No temas, desde hoy serás pescador de hombres" (Lc 5,10)

Leer: Lc 5,1-11

1 Una vez que la gente se agolpaba en torno a él para oír la palabra de Dios, estando él de pie junto al lago de Genesaret, 2 vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes. 3 Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
4 Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca». 5 Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
6 Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. 7 Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían.
8 Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». 9 Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; 10 y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». 11 Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Reflexión

¿Para ti, quién es Pedro? ¿Acaso un “santo milagroso”? O bien, ¿Un hombre que siguió e imitó a Cristo?

     Pedro Apóstol, amigo de Jesucristo, natural de Betsaida. Nombre original: Simón. Profesión: Pescador.

     Hombre rudo, de trabajo fuerte, lo que no implica que fuera “de pocas luces” o poco preparado. Como todo judío de su época, instruido en la Sagrada Escritura, conocedor de la Ley, hombre de fe, hombre de Dios…

     Sincero, franco y humilde. Duro en el trabajo y en el trato con los demás. Apasionado y un tanto arrebatado.

     Simón es Pescador. Hermano de Andrés, uno de los primeros seguidores de Cristo. Un día, su hermano Andrés le dice que ha encontrado al Mesías anunciado por los profetas. Y Pedro no se la cree inmediatamente… quiere conocerle primero… 

     La pesca del día había sido mala, muy mala… y “este Mesías” le pide subir a la barca y “remar mar adentro”, arrojar las redes y volver a pescar. Simón, desconfiado, no se la cree tampoco, pero lo hace… vuelve a pescar… Y la pesca resulta abundante.

     Y Simón, confundido, humilde aclama a Jesús: “Apártate de mí, Señor, que soy Pecador”…

     Jesús lo mira con afecto, sonriendo, sin burlarse… lo mira y le dice… “Tú eres Simón, y desde ahora te llamarás Pedro…  Sígueme y te haré Pescador de Hombres”… Por eso, desde entonces, a él le llamamos Pedro, el Pescador.

     Ahora que has escuchado un poco de él, de sus inicios… ¿Miras a Pedro como algo mucho más real, más que una imagen que “sale” de procesión cada 29 de junio?

Catequesis Petrinas, 1ª Parte: San Pedro Apóstol
Locum Invenire Locum Meum in Caelo
Alfonso Maya Trejo, junio de 2013